Pablo Neruda: el poeta y sus perros

Pablo Neruda: el poeta y sus perros

Neruda, premiado y reconocido escritor, tuvo una vida muy ligada a los perros; lo acompañaron en todas partes del mundo y fueron también protagonistas de algunos de sus poemas.

 

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido bajo el seudónimo de Pablo Neruda, es uno de los poetas más reconocidos alrededor del mundo.

Nacido en 1904 en Chile, fue premio Nobel de Literatura en 1971 y una de las máximas figuras del género de la lírica hispanoamericana del S. XX.

Como dice María Rita Figueira en su libro Ladridos en la historia “Pese a nacer y morir en su trocha angosta, salió a dar la vuelta del perro y levantó la pata en árboles de mil lugares”. Y es que, por su condición de cónsul, viajó a multitud de países.

Pablo Neruda convivió con varios perros a lo largo de su vida, y decimos que “convivió con perros” porque el ideario de posesión no entraba en su vocabulario.

 

Pablo Neruda: el poeta y sus perros

 

A finales de la década del 20, Neruda partió hacia el continente asiático donde fue cónsul. Allí tuvo a un perro llamado Cutaca y, debido a la barrera idiomática con sus asistentes lugareños, tras varios viajes y eventos se enteraron de su muerte: el animal murió de hambre debido a que, tras la insistencia de su asistente malayo sobre cómo debía de alimentarlo y no obtener respuesta, el animal pereció.

Cuando volvió del exilio en 1952, Neruda era recibido por dos de sus perros, otro perro llamado Cutaca (negro y mimoso, dependiente y sumiso) y Cabulco (entre dorado y marrón). Fue en Michoacán, México desde donde Neruda escribió su célebre poema “Un perro ha muerto” tras la muerte de uno de ellos:

 

Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.

Ahora él ya se fue con su pelaje.
su mala educación, su nariz fría.

Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.

Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba en mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.

Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

 

Sus perros formaron parte de los momentos más importantes de la vida de Pablo Neruda. Cuando se casó poéticamente con su tercera esposa, Matilde Urrutia, cantante y escritora chilena, en la isla de Capri, el único testigo de tal acto fue su perro Nyon, que se enredaba en sus pies mientras ellos bailaban bajo la luna.

 

Pablo Neruda: el poeta y sus perros

 

Hasta sus últimos momentos los pasó el poeta chileno junto a su perro, con su Chow Chow Chu Tuh en Isla Negra, con el que se retrató en muchas fotos y del cuál decía que le gustaba sentarse a fumar en pipa mientras le acariciaba y juntos miraban hacia el infinito. Dicen, que en septiembre de 1973 en vísperas de su muerte cuando lo sacaban en camilla Neruda acarició a su perro y él le lamió la mano.

 

Neruda compartió su vida con varios perros y fueron para él fieles compañeros ¿compartes tú también tu vida con más de un perro? ¡Cuéntanos cuantos perros han formado parte de tu familia a lo largo de tu vida!

 

Imágenes de stock y Fundación Pablo Neruda.

 

Perros con Historia

 

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