Charles Dickens: sus perros y su presencia en sus obras

Charles Dickens: sus perros y su presencia en sus obras

Desde joven el escritor compartió su vida con perros y fue tal su relación con ellos que Charles Dickens les hizo un hueco en muchas de sus narraciones.

 

Hace muy poco estuve viendo una película sobre la vida de Charles Dickens que me dio pie a investigar un poquito más sobre sus gustos animalísticos y ha sido toda una revelación.

Charles Dickens (1812-1870) es uno de los mayores escritores de la época victoriana. Dada su difícil infancia, escribió sobre las dificultades de la sociedad y de la situación de los trabajadores (estuvo durante mucho tiempo trabajando en una fábrica etiquetando botes de betún). De esa crítica social radica su fama, tanto para bien como para mal. Su falta de aprendizaje académico fue criticado por el mundo literario, al ser autodidacta.

El perro es un personaje constante en las narraciones de Dickens dado que desde muy joven pasó su vida junto a estos animales de cuatro patas.

Durante el siglo XIX el perro de compañía se está afianzando y roba al gato los mejores rincones de las mansiones, entrando de lleno en los salones de la burguesía. Como explica Stefano Zuffi en “Perros en el arte”, es durante esta época cuando el perro se humaniza tanto en el arte como en la literatura, tal y como hace Dickens.

 

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Su amigo, asesor legal y biógrafo John Foster dijo que el interés de Dickens por los perros era inagotable e incluía anécdotas sobre ellos en sus cartas a amigos y familiares.

Uno de sus perros, Timberly Doodle, fue un Havanero que Charles adquirió durante un viaje que hizo a América y que le acompañó en muchos viajes más. El pobre se infestó de pulgas gravemente y tuvieron que raparle el pelo, hasta el punto que Dickens escribía en sus cartas que Timberly se buscaba a sí mismo como si no se encontrase al haber perdido tanto pelo, por no reconocerse. Cuando le volvió a crecer el pelo, volvió a infestarse y ésta tónica fue algo continuo durante ésta época. Es por ello que se preparaban varios remedios para mantener las pulgas a raya como, por ejemplo, aplicar aceite de ballena sobre el pelo y champú de huevo, agua y jabón.

Para Dickens, al parecer, la compañía de Timberly era mucho más divertida que la de su mujer, por las menciones que hacía en sus cartas. En ellas indicaba que el perro tenía una gran preferencia por la comida, hecho que hizo que durante su viaje por Francia tuviese problemas intestinales, que se volvieron crónicos hasta su muerte en Bpulogne en 1854.

Posteriormente, ya asentado en Gad’s Hill, Dickens adquirió varios perros. Todos ellos de gran envergadura como Sabuesos, Terranovas y San Bernardos.

 

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Dos de ellos solían permanecer atados a ambos lados de la puerta de entrada, para proteger la casa de rufianes y vagabundos. Con ellos Charles no siempre tuvo una buena conducta, pues en ocasiones recibieron castigos por morder las manos de alguna de sus sirvientas, les azotó y les disparó (un procedimiento que describe en muchas de sus misivas).

Otro de sus perros fue Turco (su preferido), que sufrió terriblemente cuando murió en un accidente ferroviario.

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La Sra. Bouncer, una pomerania (llamados Spitz en la época) propiedad de la hija de Charles, fue el perro más pequeño que residió en la casa. De ella escribía que era “ridículamente pequeña, pero asumiendo aires de grandeza entre los mastines, sabuesos, Terranova y San Bernardo”. Hay una historia de la Sra. Bouncer que involucra a dos perros más, Gypsy y Fosco, y que muestra lo vivaz que era esa perrita.

Gypsy era un mestizo que temporalmente estaba residiendo en Gad’s Hill, al que no se le permitía entrar en el salón y pasaba sus días dormitando fuera en una alfombra. Fosco, un inteligente caniche, fue invitado con su maestro a la sala de estar de la mansión para que pudiera realizar algunos trucos. Tan pronto como Fosco comenzó a hacer sus cabriolas, Sra. Bouncer corrió con Gypsy haciéndolo pasar a la sala y dando la espalda al caniche mostró una imagen de ofensa por tratar mejor un perro que a otro. Una vez que salió de la casa, acompañó a Gypsy hasta su alfombra de siempre.

La Sra. Bouncer sobrevivió a Dickens y tuvo una larga y feliz vida. Cuando llegó su final, varios de sus admiradores se sintieron obligados a escribir poemas en su memoria.

Ellen Terman escribió de ella:

“Extrañamos tu paso suave y delicado,

la mirada amorosa de tu ojo brillante,

tu linda cabeza, tu elegante gracia,

tus mil maneras de ganar…”

En las obras de Charles Dickens no puede pasarse por alto la presencia de los perros, que toman parte integral de la trama bien porque son una pieza importante bien porque desarrollan ciertos caracteres de los personajes para destacar tal o cuál cualidad.

Un ejemplo son Silke y Bull’s eye en “Oliver Twist”. No se menciona la raza del perro, pero se le describe con el rostro rasgado y desgarrado, pateado y cortado por su maestro pero dedicado cien por cien a él. La relación entre ambos era tensa, propensa a la agresión y que refleja el escalafón social en el que se movían.

Por el contrario, en “David Copperfield” el perro de su amada Dora Spenlow (Jip) es un perro con dotes cariñosas que es enseñado a auparse sobre sus patas traseras, tal y como Dickens enseñó a Timberly.

La historia del siglo XIX muestra éste amplio espectro de visiones para con el perro: unos siguen viendo al animal como un lobo y echan de menos esa parte originaria, otros muestran la parte más snob en la que los perros son besuqueados, se les ponen rulos y aceptan remilgos.

 

Sea como fuere, el perro está ligado íntimamente al ser humano porque muestra su fuerza o su debilidad, dependiendo de los ojos del que lo mira. ¿Vosotros qué pensáis?

 

Imágenes de Dickens y sus perros: joankanenichols.wordpress.com

 

Perros con Historia
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